13 ene. 2008

Jefes tóxicos en la comunicación institucional

No puedo abstraerme de un reportaje publicado en el suplemento “Salud” de El País acerca de los problemas que puede acarrear un mal jefe, o como se afirma “tener un jefe tóxico supone un importante riesgo psicosocial”.

Es un problema que las empresas privadas están intentando solucionar, sabedoras, como dice el reportaje, de la importancia que tiene el bienestar de los trabajadores. Sin embargo, esta teórica apreciación no se cumple mucho en la administración pública donde los “jefes” se suceden con cada periodo electoral, o bien por reestructuraciones de cambios ministeriales. A los nuevos cargos nadie les ha dado una somera lección acerca de cómo dirigir un grupo humano en un entorno de trabajo, de tal modo que se producen, en muchas ocasiones, una situación estresante que en nada beneficia a la actividad laboral.

Por experiencia, los gabinetes de comunicación de la administración pública se ven inmersos en esta enrevesada teoría del jefe tóxico, ya que la mayoría son periodistas (eso con un poco de suerte) que nunca han dirigido un equipo humano, y para colmo tienen que conducir un grupo de trabajadores que han estado a las órdenes del anterior jefe de prensa que bien ha podido ser de otro signo político al suyo. De este modo se produce una desconfianza inicial hacia la redacción, a la que se ve más como un enemigo que como un valor de gran importancia por la experiencia que acumula.

Es aquí donde entra en juego los tres perfiles que el psicólogo laboral, Iñaki Piñuel, establece en el reportaje: El directivo de tipo narcisista, que busca en sus subordinados un auditorio, monopoliza todos los méritos y, por lo tanto, nunca apoya, sino que más bien destruye, a aquellos que cree que pueden hacerle sombra. A estos, yo los califico de incompetentes. El otro tipo es el directivo psicópata, aparentemente encantador, aunque calculador y malévolo, sobre todo con los trabajadores más frágiles. Por último, el directivo paranoide, que desconfía de todo el mundo, fiscaliza constantemente el trabajo de sus subordinados e interpreta de forma negativa la mayoría de iniciativas.

Pero las cosas no acaban aquí, y pueden ir a peor, dado que una de las soluciones que utilizan los nuevos jefes/as de prensa es “nombrar” cargos intermedios, personas a las que se les promociona en su puesto, pero no les explican cómo hacer de jefe, provocando, si cabe, una situación más estresante en la redacción. Estos son los peores. Viene a mi memoria unas palabras de la gran periodista Maruja Torres quien señala que un buen jefe es aquel que sabe sacar todo lo bueno que hay en ella, exprimiéndola hasta el último jugo.

Así las cosas, no es de extrañar que en muchos gabinetes de comunicación institucionales se adopten dos estilos de dirección: el autoritario y el pasota, éste último el más utilizado en la Administración, ya que aplican el sistema de no decidir y dejar que las cosas ocurran. ¿Por qué éste último es el más utilizado?. La respuesta está en la “temporalidad” que conlleva el cargo, que impide hacer un plan de comunicación y de trabajo a largo plazo, provocando en la redacción una situación de estrés constante que anula el desarrollo profesional y personal de los redactores. No es de extrañar, pues, que se manifiesten psicopatologías como estrés, depresión, ansiedad, apatía, cambios de humor, que contaminan la redacción y, por lo tanto, un ambiente de trabajo cómodo y eficaz. Dejamos para otro día "cómo protegerse de un jefe tóxico".

1 comentarios:

rosacobos dijo...

La descripción que haces de los distintos tipos de jefes ¡es genial!

Como funcionaria he tenido a jefes pasotas, paranoicos,.... con escasa capacidad de liderazgo.

El problema en la Administración pública es que los directivos suelen ser personas de confianza del equipo de gobierno de turno, con lo cual, al no exigirse ningún tipo de selección previa ni evaluarse los resultados posteriores derivados de su gestión, campan por la Administración "como Pedro por su casa".